PINCELADAS DE PERSONALIDAD

PINCELADAS DE PERSONALIDAD

El estudio de la personalidad es complejo, apasionante y siempre ha generado gran controversia. Tanto para los que nos dedicamos a la psicología como para los que no, la cuestión de cómo somos y por qué nos comportarnos como lo hacemos, es algo que nos crea curiosidad y nos hace reflexionar.

Hay muchas definiciones de personalidad, muchas teorías y clasificaciones, autores y estudiosos. Esta pretende ser una pequeña y sencilla aproximación al tema, dando unas pinceladas concretas que permitan hacerse una idea general.

Hoy en día, la personalidad puede definirse como un patrón complejo de características psicológicas profundamente enraizadas. Un funcionamiento personal resistente al cambio, consolidado y que responde con cierta generalidad y coherencia en los distintos contextos, áreas y situaciones que se presentan. Se trata de un patrón que se ajusta a la cultura y circunstancias de la persona en particular. También se entiende por personalidad todo aquello que identifica al ser humano individual a lo largo del ciclo vital, desde su forma de reaccionar ante las situaciones y circunstancias, hasta su estilo de vida, motivaciones, creencias y concepciones del mundo. Es decir, la personalidad es el patrón de características que configura la constelación completa de la persona, no se limita a un solo rasgo, sino que incluye todas las características: interpersonales, cognitivas, psicodinámicas y biológicas.

Relacionados con la personalidad están el temperamento y el carácter.

El carácter se refiere a las características adquiridas durante nuestro crecimiento, es el resultado de la socialización, lo que vamos aprendiendo y lo que cogemos de nuestro entorno para poder ir funcionando. El temperamento, por el contrario, es innato, depende de una disposición biológica básica hacia ciertos comportamientos, es de naturaleza más emocional, tiene que ver con la intensidad, la susceptibilidad, el estado de ánimo predominante y sus fluctuaciones, etc., y está presente desde el nacimiento.

A grandes rasgos, el carácter refleja el resultado de la influencia de la educación y el temperamento representa la influencia de la naturaleza de cada uno.

De las personas que poseen alguna característica que las distingue y es notoria, se dice que tienen “mucha personalidad”, de las personas que pasan más desapercibidas o son más calladas, se dice que “no tienen personalidad”. Es más, según nos afecten las reacciones de los demás, diremos que tienen un “buen o mal carácter” o un “temperamento difícil”.

Lo cierto es que todos tenemos nuestra personalidad, nuestro carácter y temperamento, y la relación de los tres, aunque se puedan parecer, nos hace seres únicos. No hay dos personas iguales y ninguna personalidad es mejor que otra, esto sólo puede ser relevante en según qué circunstancias, según la persona que nos está recibiendo, la situación en la que nos encontremos, etc. Por ejemplo, habrá situaciones en las que sea necesario que actuemos, otras en las que tengamos que observar, otras veces no tendremos que hacer nada, alguna vez necesitaremos preguntar e informarnos antes, etc. A cada uno, según nuestra personalidad, nos será más fácil, cómodo o simplemente nos saldrá automático –es nuestra tendencia- hacer una cosa u otra… Pero nuestra capacidad para poder, con nuestra personalidad, comprender en que situación nos encontramos y reaccionar o ajustarnos a ella, con el fin de atender a lo que en ese momento se necesita y necesitamos, nos aporta cierto bienestar y estabilidad.

Cuando esto no es posible, es muy costoso o crea mucho malestar, es decir, cuando las características o patrones de experiencia interna y de comportamiento (la personalidad), se apartan de las expectativas socio-culturales de la persona, de las situaciones concretas, de las circunstancias del momento y le provocan malestar a ella o personas de su alrededor, así como un deterioro significativo de una o varias áreas importantes de su vida, se podría hablar de Trastorno de la Personalidad.

Este se manifiesta en:

– La forma de percibir e interpretar a sí mismo, a los demás y a las circunstancias

– La intensidad, labilidad y adecuación emocional

– Las relaciones interpersonales

– El control de impulsos

Para que los rasgos de personalidad adquieran el carácter de convertirse en trastorno de personalidad, deben estar presentes desde el inicio de la edad adulta, en algunos casos desde la adolescencia, deben ser persistentes, inflexibles (utilizar los mismos recursos para situaciones o circunstancias distintas) desadaptativos (no tener coherencia con la situación) y causar una perturbación significativa en el modo de funcionar y manejarse, además de sufrimiento personal y problemas laborales y/o sociales.

 En los patrones de personalidad, las variantes adaptativas y patológicas se sitúan en un continuo. Las variantes más adaptativas (entendiendo por adaptativa no una persona aborregada, sino que se puede relacionar con el entorno de manera que no sufre, ni hace sufrir) pueden presentar algunos de los criterios y rasgos de un trastorno de personalidad, aunque con menor frecuencia e intensidad. Algunos de estos rasgos, equilibrados, pueden ser beneficiosos incluso para el individuo.

Para terminar, os dejo con un ejemplo muy concreto de cómo un rasgo adaptativo puede llegar a ser patológico. Por supuesto, entre una situación y otra del continuo, hay más casos particulares.

                                                                       *Perfeccionismo

                                      ______________________________continuo________________________________

                    +adaptativo                                                                                              +patológico

             La persona realiza el mejor trabajo posible,                                                       La persona está tan preocupada por la

               dadas las circunstancias temporales y de                                                          ejecución perfecta, que se pierde en el

               recursos, y tiene en cuenta sus necesidades.                                                      más mínimo detalle, perdiendo de vista

               Sintiéndose orgullosa y satisfecha cuando                                                        la producción final de la actividad.

               termina un trabajo que requería minuciosidad                                                    Abrumándose con el constante énfasis

               y detalle.                                                                                                       en la realización perfecta de cada paso

                                                                                                                                  y cada tarea que realiza, llegando

                                                                                                                                  incluso a no poder finalizarla.

 Texto desarrollado a partir del libro “Trastornos de la personalidad en la vida moderna”, de Theodore Millon.

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LA EVITACIÓN Y EL IDEAL

LA EVITACIÓN Y EL IDEAL

Imagina… estás al comienzo de un sendero, miras alrededor, respiras y te vas adentrando.

No sabes que te encontrarás, pero a pesar de eso, entras y vas avanzando. Es una senda llena y vacía al mismo tiempo. Cada persona que la inicia se encuentra cosas diferentes, un camino único.

Poco a poco sientes que hay más como tú recorriendo su propia senda, aunque a veces no ves a nadie, sabes que no estás solo. Te topas con piedras, piedrecitas, rocas grandes… ríos, charcos… llueve, hace frío, otras veces sale el sol y hace calor, a veces es de día y otras de noche. Hay ruidos, hay plantas y flores preciosas, árboles con frutos estupendos que en ocasiones están podridos, animales e insectos extraños, algunos provocan miedo, otros ternura…

Un buen día, de pronto, te topas con un muro que te impide el paso, es algo nuevo, grande, nunca antes habías visto algo así. Lo empujas, gritas, te enfadas, lloras, das golpes… pero sigues sin poder avanzar, el muro no se mueve. Finalmente, agotado, te dejas caer al suelo apoyando la espalda contra ese muro enorme y esperas… quizá alguien te encuentre y sepa que hacer, quizá desaparezca, quizá…

Pasado un rato ves a alguien que viene hacia ti…

– ¿Qué haces ahí tan cabizbajo?

– Me he topado con este muro y no puedo pasar…

– ¿Y para qué quieres pasar? Ven conmigo, conozco otros caminos donde no encontraras muros… Por cierto, me llamo Evitación.

– Ah, qué bien! Encantado de conocerte Evitación.

Te alejas de tu primer obstáculo junto a Evitación y a su lado recorres parte de tu camino.

Después de un tiempo te das cuenta de que Evitación siempre te lleva por los mismos sitios y que siempre ves las mismas flores y los mismos paisajes, comes los mismos frutos y no te cruzas con gente nueva, ni conoces nuevos animales. Así que decides seguir tu propia senda… y descubres, te pierdes, conoces, te caes, corres, vives.

Un buen día te vuelves a topar con otro muro, de distinta altura, color, textura, pero vuelves a no poder pasar… Recuerdas la anterior vez que te pasó algo similar y te sientas a esperar… ya vendrá alguien, puede que vuelva a encontrarme Evitación.

El tiempo pasa… cada vez te encuentras peor, tienes más hambre y sed, te sientes más solo y la idea de que quizás nadie venga a por ti se torna más real… De pronto, a lo lejos, ves una macha oscura y grande que se acerca rápido, notas como tiembla el suelo bajo tus pies. Conforme se acerca lo vas viendo más claro; es una silueta grande y fuerte. Sientes un poco de miedo, te abruma, pero al llegar se para frente a ti y te sientes seguro, con fuerza…

– ¿Qué haces aquí sentado? – te pregunta.

– No puedo pasar y estoy esperando…

– ¿Esperando? Pero si es muy fácil –dice Ideal-  yo puedo escalar este muro, cógete a mi espalda y te cruzo al otro lado.

Y así lo haces, Ideal te cruza al otro lado del muro, ya puedes seguir avanzando… Suspiras aliviado, has conseguido salir de ahí.

Pasan los años, vuelves a cruzarte con Evitación alguna otra vez, aunque siempre acabas cansado de sus rutas… también te encuentras con Ideal de vez en cuando, pero su ritmo y su fuerza te acaban agotando y finalmente te cuesta mucho seguirlo…

Un buen día, otro muro se cruza en tu camino… tienes la sensación de que cada vez son más altos. Piensas en cómo lo hiciste las anteriores veces y te sientas a esperar… al rato de estar esperando te asalta una frase: “Es fácil, yo puedo escalar este muro…” y te dispones a hacerlo como lo haría Ideal. Pero después de varias intentonas y de hacerte bastante daño, te das cuenta de que tú no eres Ideal y de que no puedes escalar ese muro. Desistes frustrado, “él dijo que era fácil…” Cabizbajo, te dejas caer en el suelo con cierta resignación. “Espera a Evitación -te dices- él siempre sabe hacia dónde ir”.

Pero esta vez pasa mucho tiempo y nadie llega. Tu desesperación aumenta, estás cada vez más triste, enfadado, frustrado… tienes mucha hambre y sed, tu cuerpo se queda sin energía. ¿Qué está pasando?, te preguntas cuándo llegará alguien.

 Entre el sueño y la vigilia, de pronto, oyes una voz. No sabes de donde viene pero parece estar al otro lado. No la escuchas bien, no entiendes que dice. Gritas para decirle que hable más alto, que no la comprendes… pero su tono se mantiene igual.  Te acercas aun más al muro, pegas la oreja a él para escuchar mejor, pero no logras reconocer ni una palabra. Cansado de gritar e intentar descifrar sus palabras te recuestas y finalmente te duermes. Hay calma, quietud, silencio, soledad… de pronto escuchas algo, esta vez con mucha claridad: “aléjate, aléjate”. Confundido y sin apenas energía decides hacer caso a esa voz y te vas alejando poco a poco de ese muro, mientras piensas… ¿Cómo voy a escucharte si me alejo?

Sin saber muy bien porque te das la vuelta y levantas la vista, de pronto ves la inmensidad de lo que tienes delante, pero das otro paso hacia atrás y algo llama tu atención. Un punto de luz a tu izquierda, se refleja en una piedra que antes no veías… Avanzas algunos pasos y te das cuenta de que unas ramas están tapando esa luz y que en realidad parece un agujero bastante grande. Te apresuras a apartar las ramas. Te dañas las manos, los brazos… Las ramas son más duras de lo que parecían y están bastante arraigadas. Finalmente logras apartar una, luego otra… y efectivamente lo que parecía un punto de luz se convierte en un agujero lo bastante grande como para poder atravesar ese muro.

Una vez al otro lado te sientes agotado y satisfecho. Piensas en esa extraña voz y corres en su busca, te preguntas quién será…

 Pero ahí no hay nadie. Te sientes desconcertado y una extraña sensación, nueva, diferente, te atraviesa…

“gracias” -te dices

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SOBRE LOS LÍMITES

SOBRE LOS LÍMITES

Imaginemos que volvemos a la infancia…

Estamos coloreando un dibujo en nuestro cuaderno de pintar, intentando no salirnos de la línea, aprendiendo de qué color son las cosas y creando colores nuevos, equivocándonos y borrando si es necesario, etc.

A nuestro lado, compartiendo pupitre, está nuestro/a compañero/a. También está coloreando su dibujo… lo miramos, comparamos (lo normal), copiamos ideas (lo más normal), nos damos cuenta de que no lo estamos haciendo nada mal y de que, aunque el sombrero de su oso ha quedado muy bonito en verde, nosotros hemos decidido pintarlo en negro como el que vimos en aquellos dibujos animados. Además, él/ella pinta apretando mucho las ceras en el papel; los colores se ven más, sí, pero yo lo hago más flojito porque así se notan menos las líneas discontinuas… Volvemos a mirar nuestro dibujo y sentimos satisfacción.

Ya vamos por la mitad y pensamos, «cuando lo termine le diré a mamá si puedo colgarlo en la pared de la habitación». Es el primer dibujo que pintamos entero y sin ayuda y, aunque no está perfecto, estamos felices porque lo estamos haciendo a nuestra manera. Ya lo imaginamos colgado encima del escritorio de la habitación cuando, de repente, nuestro/a compañero/a coge una cera suya y se acerca, casi nos hecha de la silla, y empieza a pintar en nuestro dibujo. Borra el sombrero negro de nuestro oso y lo pinta de verde como el suyo, se sale de la línea y termina por pintar también de verde la cara. Además dice, que si apretamos la cera más fuerte, como hace en el suyo, nuestro dibujo quedará más bonito… STOP

¿Cuándo empezamos a sentir que las demás personas nos comían terreno?, ¿desde cuándo nos recordamos cediendo ante situaciones que nos disgustan, nos molestan o no compartimos?

Poner límites en las relaciones, es una cuestión que se pone en juego desde bien pronto. Ya no solo a la hora de no dejar que los/as demás o las situaciones nos engullan, sino también a la hora de no invadir nosotros/as.

Los límites implican respeto, hacia nosotros/as mismos/as y hacia los/as que nos rodean; necesidades, gustos, ideas, opiniones, bienestar y satisfacción personal, autoestima, seguridad, y en general todo aquello que somos, se salvaguarda detrás de unos límites adecuados. Límites como: esto no; por aquí sí; eso no es lo que necesito; ahora es mi momento; lo que realmente quiero es esto, no aquello, me apetece hacer esto; no quiero; etc.

A veces, sin darnos cuenta, vamos cediendo terreno. Esta cesión se produce tan poco a poco, y de maneras tan variadas, que acabamos olvidando que ese terreno alguna vez fue nuestro, que nos corresponde y lo queremos.

Poner límites adecuados supone un trabajo personal de conciencia y responsabilidad. Conciencia a la hora de saber lo que queremos y lo que no, y responsabilidad para hacernos cargo de ello.

Los motivos por los cuales nos cuesta poner límites pueden ser muchos, pero a la base de todas esas explicaciones que nos damos, y que pueden parecer “lógicas” y verosímiles, subyacen siempre sentimientos y emociones muy básicos como el miedo, la culpa, la vergüenza, y conceptos tan importantes como son la inseguridad y la autoestima, entre otros.

No es una cuestión sencilla darse cuenta de cuando realmente una persona o situación nos está absorbiendo, por tanto, es importante ir fijando nuestra atención en las sensaciones que nos deja; ese poso que va quedando después de haber cedido ante alguien o algo, de haber callado, de haber obedecido, de haber aguantando o cargado con algo que realmente no es nuestro, que sentimos que no va con nosotros/as. Es un malestar que se va haciendo grande en nuestro vientre, en nuestro estómago, en nuestra garganta… y que nos da información de que algo no está bien, con alguien o con alguna situación en particular. Será momento de pararnos a pensar dónde nos estamos enganchando, con qué, con quién… y si es posible ir más allá, darnos cuenta también de, qué es lo que nos frena, que nos está impidiendo marcar nuestros límites.

Poder relacionarnos con las demás personas teniéndonos en cuenta, nos permite estar más en contacto con nuestras verdaderas necesidades y sentirnos más a gusto en nuestra piel, ya que nos hacemos responsables de nosotros/as y de nuestro bienestar. Desde ahí pondremos en juego relaciones más genuinas, saludables y en definitiva, más satisfactorias.

¿Por qué dejar que pinten nuestra vida con sus colores?

Y de igual manera, ¿por qué empeñarnos en pintar otros dibujos a nuestra manera?

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LA RESPONSABILIDAD

LA RESPONSABILIDAD

“Tendrías que hacerme más feliz; La sociedad tiene la culpa de todo; Es el alcohol, que confunde, Para qué esforzarse, no voy a encontrar nada; Es que yo soy así; Hazlo tú, que yo no sé; No sé, me da igual, lo que tú quieras; Me trata como una m…; Lo hago por tu bien; Esa es una rara; Ves lo que me has hecho hacer; Total por uno más; Si, sí, lo que tú digas amor; Haz lo que quieras! … ”

La palabra responsabilidad abarca mucho y es bastante importante en nuestra vida, ya sea por estar presente o por su ausencia. La mayoría de veces asociamos el término responsabilidad al deber, al tener que, a las obligaciones, a seguir unos patrones o hacer determinadas cosas. También a cuestiones morales, éticas, jurídicas, a determinados valores o principios, etc. Todos ellos forman parte del término y son muy válidos, y también muy abstractos a veces. Sin embargo, se nos ocurre quizás menos, pararnos a pensar en lo responsables que podemos ser de nosotros mismos, de lo que sentimos. En la responsabilidad que hay detrás de las decisiones que tomamos a diario, de lo que decimos y de lo que nos callamos, de cómo nos tomamos las cosas… la responsabilidad de lo que queremos, lo que pensamos y lo que hacemos, con nosotros mismos, con los demás, con nuestro bienestar, con nuestra vida…

Se puede entender la responsabilidad de muchas formas como he dicho, pero esta vez me voy a quedar con la acepción de hacernos cargo, ¿de qué? de nuestra vida, desde una visión subjetiva y personal. Dando algunas pinceladas de lo provechoso y favorable que puede resultar.

No me siento feliz; No comparto ciertos valores sociales… así que voy a hacerlo a mí manera dentro de lo que pueda; Se qué cuando bebo alcohol hago estas cosas…; Estoy desilusionado con este tema…; Sé que te molesta que me comporte así…; No quiero invertir tiempo en hacer esto; Un momento, que aun no sé que quiero; Cuándo oigo esas cosas , yo me siento como una m…; Yo quiero que lo hagas de esta manera aunque sé que tu quieres hacerlo de otra; Es muy diferente a mí y eso me inquieta, me siento incómoda; Me he sentido inseguro y he reaccionado así; Sé qué esto no me hace bien y quiero hacerlo; Amor, no me apetece hacer eso hoy, qué te parece si…; Me molesta/me duele/me preocupa que vayas a ese sitio; …

No es cosa sencilla ésta de hacerme cargo de mí, de lo que hago, digo, siento, sin meter a otro de por medio, sin esperar que algo de fuera cambie, sólo desde mí… ¿Cómo está presente la responsabilidad en nuestro día a día?, ¿cómo lo hacemos para no hacernos responsables de nosotros?

Por ejemplo, delegando de forma automática aquello que nos cuesta, mediante una actitud de rebeldía sin causa, esperando que sea el otro el que nos diga, el que haga, el que se dé cuenta, esperando que el mundo, el entorno, las circunstancias, nuestra vida, cambien. No teniéndonos en cuenta, mirando hacia otro lado, sin afrontar, tirando la piedra y escondiendo la mano, cargándonos con problemas, situaciones, emociones, que no nos corresponden, poniendo excusas, justificándonos… y un sinfín de triquiñuelas más.

¿Qué pasa cuándo ponemos en juego todo esto y dejamos de vernos a nosotros mismos? Podemos llegar a pensar que es todo más sencillo, más cómodo, se “vive” mejor. Y ciertamente es un poco así. Si yo no miro qué hay de mí en todo lo que me rodea, no veré cosas mías que me desagraden o me entristezcan, no tendré que enfrentarme conmigo mism@ y comerme la cabeza, no tendré que cuestionarme, ni sufrir por lo que me disguste, no tendré que re-conocerme en las cosas que pensaba que eran de otro y que ahora me doy cuenta de que están sólo en mí… Por otra parte, si tomo mis riendas y me responsabilizo de lo que me pasa, me puedo permitir más, tengo más opciones, puedo ser más libre para moverme, elegir, actuar, sentir… Puedo tener algo más de poder y control sobre lo que me pase, sobre mi vida… También me doy la oportunidad de ser más consciente de mí mism@, de mi día a día, de cómo me las ingenio, de las trampas que me pongo y que pongo, de cómo me escaqueo y para qué, y de cómo me deja a mí todo eso.

 Si no nos hacemos cargo de nuestra parte en lo que nos rodea, tendremos más sensación de impotencia, todo nos será ajeno, ya que estaremos cargándole lo nuestro al otro, al mundo. Nos haremos dependientes de lo que nos viene de fuera, como meros observadores, y sin sentir que podemos intervenir en nuestra propia historia. Sin ser conscientes de nuestra capacidad para cambiar las cosas, para perseguir nuestras necesidades, lo que queremos para nosotros, para nuestro bienestar, y desde ahí poder también favorecer el bienestar de los que queremos. Nos empeñamos en que el otro haga, que cambie, que cambie el mundo para sentirnos bien… cuando la clave principal está en nosotros.

 Una cosa que “tenemos tan clara”, como es la responsabilidad, algo que nos intentan inculcar de pequeños, algo de lo que tantas veces hemos huido o nos hemos enorgullecido. Eso que tantas veces hemos pedido y sobre todo esperado… es algo que, más allá de venir impuesto de fuera, podemos encontrar en nosotros mismos, influyéndonos a todos los niveles de forma bastante significativa y sin que apenas nos demos cuenta.

 No es fácil cambiar, mejorar, transformar las cosas, pero empezar a dirigir la mirada hacía dentro, hacia uno mismo nos irá dando pistas e información valiosa sobre nosotros, desde la cual poder empezar a hacer aquello que necesitemos para estar cada vez un poco mejor.

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NUEVE CRÍMENES

NUEVE CRÍMENES

Que doloroso y a la vez que liberador puede ser darnos cuenta de cómo nos vamos torpedeando, apagando… de cómo recurrimos, de manera automática y muchas veces inconsciente, a ciertas estrategias que acaban siendo crímenes hacia nosotros/as mismos/as. Crímenes que cometemos para poder callar, para no saber, para no pensar y no sentir… que nos silencian, que nos dejan fuera de juego, fuera de nuestro juego, de nuestra vida y que van matando pedazos de nuestro ser en pro de estar en el mundo, de estar en relación.

Algunos de ellos…

– No permitirte ni un solo “error”, machacándote y castigándote por ello con dureza y muchas veces con poca justicia.

– Cuestionar tus necesidades hasta terminar sustituyéndolas por las de otros.

– Postergar y acabar olvidándote de tus deseos en pro de los deseos del otro.

– Rechazar lo auténtico que nace de ti por lo que puedan pensar los demás.

– Ignorar lo que sientes en las tripas, en el pecho, en la garganta por no incomodar, por no molestar.

– Conformarte y recibir todo tipo de “amor”, aunque este te haga daño.

– Anestesiar tu interior haciendo cosas hasta agotarte o viendo la tele durante horas, sin pensar, sin interés… sin pararte a ver cómo estas.

– Resignarte a ver tu vida pasar, sin implicarte y sin comprometerte contigo mismo, disfrazándolo  además de aceptación.

– Cargarte y encargarte de todo, a veces de lo que te lo colocan los demás y otras simplemente de lo que coges tú, haciéndolo tuyo, asumiendo responsabilidades que no te tocan, sin percatarte de lo que eso te hace sentir: ahogo, rabia, tristeza, quemazón…

 La mayoría de veces ni lo notamos, hay tal silencio dentro de nosotros, tal adormecimiento, que es difícil que nos enteremos si no prestamos mucha atención. Otras veces la sensación llega en forma de vacío, de desazón.  Algo hay, algo pasa… aunque no sepamos muy bien el qué.  Todo eso que está dormido nos está impidiendo llegar a nuestro centro.

La terapia nos va a ayudar a ir despertando. A dar aliento y reanimar todo lo que hemos estado matando… Con paciencia, con constancia… poco a poco.

– Permitiéndote fallar, no saber o no poder… asumiendo no ser capaz o perfecto, sin machaque, sin castigo.

– Dándole paso a tus necesidades, identificándolas y dejándolas estar en ti.

– Sosteniendo tus deseos, mirándolos de frente.

– Respetando y dándole cabida a lo genuino que hay en ti.

– Dándole voz a lo que sientes.

– Poniendo límites.

– Tomando conciencia de ti, de cómo estas, de lo que sientes.

– Responsabilizándote de ti, de tu vida.

– Cuidándote y haciéndote cargo de tu bienestar.

Empezando a vivir desde ti con los/as demás, con los/as otros/as, con el mundo.

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