NUEVOS HÁBITOS

NUEVOS HÁBITOS

Introducir NUEVOS HÁBITOS no es nada fácil. Se dice que con 21 días haciendo algo nuevo, ya lo tienes. Para mí no es tan sencillo. ¿Cómo lo hacemos los/as que no somos tan disciplinados/as?, ¿qué pasa si me cuesta ser constante?

Podemos encontrar nuestra propia forma de adquirir nuevos hábitos, hacerlo a nuestra manera. Aquí cada cual apelará y le funcionará una cosa: obligarse, machacarse, recompensarse, apoyarse en otros, recurrir a profesionales, etc.

En mi experiencia, cuando me paro a apreciar y conecto realmente con cómo me sienta en el cuerpo eso que estoy haciendo, como me siento… repetirlo o dejar de hacerlo se me presenta como una necesidad y/o un deseo. Deja de ser algo externo y obligado y pasa a ser algo mío y para mí. Desde ahí, me cuesta menos. Aunque no siempre consigo llegar a ese punto.

Ánimo a todas aquellas personas que estáis intentando adquirir nuevos hábitos. Centrémonos en el proceso, no en la meta.

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5 PREGUNTAS QUE PUEDES HACERTE CUANDO SIENTAS BLOQUEO EMOCIONAL

5 PREGUNTAS QUE PUEDES HACERTE CUANDO SIENTAS BLOQUEO EMOCIONAL

¿Te ha pasado alguna vez sentirte bloqueado/a ante algún suceso o persona y no darte cuenta hasta llegar a casa o a algún otro lugar seguro? En ese momento te paras y aparece una sensación a la que no sabes poner palabras, pero que te dice que algo no ha ido bien. Entonces asoman pensamientos como: tendría que haberle dicho esto o tendría que haber hecho esto otro… Soluciones a toro pasado que ya no sirven de mucho, más que para machacarte.

Mantener el contacto con uno/a mismo/a no es fácil, tú lo sabes, es un entrenamiento. Y como cualquier otra práctica, requiere de algo de tiempo y dedicación para aprenderla e integrarla. Por eso es bueno ir adquiriendo ciertos hábitos que te puedan ayudar a estar más en ti y saber lo que te pasa cuando te pase.

Te propongo 5 preguntas que puedes hacerte ante lo que te vaya pasando durante el día y en tus relaciones interpersonales:

¿Qué sensaciones tengo ahora mismo? Presta atención a tus sensaciones, por ejemplo: siento tensión, me siento fría, siento angustia, calor, mareo, pesadez, bloqueo, etc. La sensación es lo primero que aparece, lo que nos da la primera pista.

¿Dónde lo siento? Ahora situalo en tu cuerpo, por ejemplo: siento tensión en la mandíbula o en el cuello, siento frío en el pecho,  siento angustia en la boca del estómago, bloqueo en la garganta, calor en las mejillas, etc.

¿Cómo me hace sentir esta sensación? Es decir, si te dejas estar un rato con esta sensación ¿qué emoción aparece, qué tono emocional deja? Por ejemplo: me siento enfadado/a, siento pena, me siento humillado/a, me da vergüenza, siento miedo, etc.

¿Con qué lo relaciono? Aquí se trata de ponerle contenido a eso que siento. Observa si viene alguna situación, imagen, persona o recuerdo cuando te dejas sentir esto.

– Y por último, ¿qué necesito? Muchas veces lo que se hace figura, aquello que emerge y se hace presente sin saber muy bien a qué viene, como una sensación, emoción, un sentimiento o idea, nos indica que estamos necesitando algo con algún asunto, como por ejemplo: emprender alguna acción, decirle algo a alguien, tomar una decisión, poner límites, despedirnos, etc.

El primer paso para dirigirnos hacia la satisfacción de nuestra necesidad y/o deseo, es tenerlo bien identificado. Ponerle nombre, cara, contenido. Muchas veces, es precisamente el no detectar lo que nos está pasando, lo que interfiere y hace que nos quedemos parados/as, con confusión, haciendo algo muy distinto de lo que en realidad necesitamos y de esta manera insatisfechos/as y con frustración.

Parate y observa… registra eso que sientes, ponle contenido y legitímalo.

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AUTOCONCEPTO

AUTOCONCEPTO

El autoconcepto es la idea que tenemos de nosotros/as mismos/as. De lo que somos, lo que valemos, de nuestras capacidades, de nuestra imagen, de cómo nos comportamos, etc.

Suele empezar por: es que yo soy así o no soy asá, esto no va conmigo, esa no soy yo y demás afirmaciones rígidas de este estilo, que más que ponérnoslo más fácil, nos dificultan la vida.

Es natural, es sano tener una idea de uno/a mismo/a, de lo contrario iríamos como pollo sin cabeza. Lo que trabajamos en terapia es la manera de poder ir ampliándolo, flexibilizarlo, conocer de qué está hecho. Porque nuestro autoconcepto es un filtro que nos ayuda a relacionarnos. Lo que yo pienso de mi lo voy a poner en la relación con los demás, con el trabajo, con el trato hacia mi, con cómo me relaciono con mis deseos y mis necesidades, etc.

Un ejemplo podría ser: yo no soy egoísta, por tanto no me permitiré hacer algo que me apetece si la otra persona quiere hacer algo diferente. Eso sería egoísta por mi parte, y como yo no soy así, ¡pues a tragar!

Haz el ejercicio… ¿Cómo soy?, ¿cómo no soy? ¿Cómo se pone en juego, esto que yo pienso de mi, cuando salgo al mundo?

¿Me ayuda a relacionarme, a ir hacia lo que quiero, a estar a gusto conmigo y con los/as demás… o me lo pone más difícil?

Es hora de parar y desmenuzar ese autoconcepto que he ido creando y ver qué aspectos si, que aspectos no, que cosas a veces, que otras no tanto, que conductas no me permito, cuáles me salen automáticas, etc.

¡Hora de ampliar y flexibilizar!

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LA SOLEDAD DEL MIEDO AL AMOR

LA SOLEDAD DEL MIEDO AL AMOR

Muchas veces lo veo en consulta, personas con una gran necesidad de amor, de sentirse queridas, de sentir que le importan a alguien –como queremos todo el mundo, como es natural- que tienen tanto miedo a ser rechazadas que terminan por rechazar ellas mismas el amor.

Su creencia es que nunca, nadie, las va a querer. Que se van a quedar solas. Que jamás encontrarán a ninguna persona que las ame. Parece una creencia terrible… y lo es. Pero estas creencias las protegen. Las defienden de un dolor asegurado (piensan), el sufrimiento del abandono, del rechazo.

Así que terminan por bloquear en ellas el amor, la necesidad de contacto amoroso, el deseo. Diciéndose cosas como: yo no necesito nada; el amor no sirve para nada; para mí lo importante es conseguir un buen trabajo;  tu a mí no me dejas, antes te dejo yo; que no me quieres, yo a ti menos.

Como siempre pasa con el miedo, están en un constante estado de alerta. Esperando ver las señales que les indiquen eso que creen firmemente: que al final las relaciones se acaban, que están con ellas porque aún no han encontrado a otra persona mejor, que al final se cansarán y se darán cuenta de que no tiene nada que ofrecer, etc. Y claro, quien busca, acaba encontrando. Cualquier detalle pequeño, cualquier despiste, cualquier conducta poco clara, estas personas la interpretarán como rechazo y peligro de abandono. Y es tal la angustia que les genera esto, que se van corriendo de la relación. Empiezan a no contestar llamadas, se vuelven más frías, cortantes, ponen distancia o directamente terminan con la relación.

Esto se hace de manera inconsciente, claro. Lo que estas personas están intentando desesperadamente es evitarse un sufrimiento mayor, evitar el rechazo y el abandono asegurados. Lo que no ven es el daño que provocan en las personas con las que están en relación y el sufrimiento al que se someten ellas mismas porque, una vez más… no han querido estar con ellas! Como siempre les pasa, como siempre les pasará (eso se dicen y se repiten).

Así que, vuelven a recurrir a esos pensamientos dañinos, pero protectores: yo no necesito nada; el amor no sirve para nada, no me importa; te jodes, antes de que me dejaras tú, te he dejado yo; eso de tener pareja no va conmigo, etc. Y así van perpetuando la idea de no ser queridas, para no sentirse vulnerables a ser abandonadas.

A costa de sentirse muy solas, ansiosas y tristes.

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EL PODER TERAPÉUTICO DEL GRUPO

EL PODER TERAPÉUTICO DEL GRUPO

Formar parte de un Grupo Terapéutico o de Crecimiento Personal, nos da la oportunidad para sentir, para explorar y experimentar, para darnos cuenta de lo que nos pasa en el momento en el que nos está pasando. Es el lugar donde la mirada del compañero/a nos resuena, nos refleja, nos hace de espejo y nos permite ver, vernos. Pero vernos en ese momento, en esa situación concreta, en el aquí y ahora.

Cada persona del grupo, con su individualidad y experiencias personales, ofrece formas de actuar, pensar y sentir únicas y muy valiosas para el propio crecimiento personal. A través de estas experiencias individuales que cada cual comparte y aporta, el grupo se nutre y crece.

Tanto lo que pasa, como lo que no pasa dentro de un grupo, provoca un movimiento interno en cada uno de sus miembros. Y a su vez, estos movimiento individuales, generan uno grupal.

Es como si el grupo tuviera su propio “ojo clínico”, una sabiduría propia para ver aquellos aspectos, de los que la persona por sí misma, no es consciente. Reflejando así esos puntos ciegos que todos/as tenemos y ayudando a poder ver más allá. Denunciando estos aspectos, apoyándolos o reflejándolos.

El grupo terapéutico, ofrece un espacio seguro donde poder experimentar y explorar, con ayuda de los/as demás compañeros/as y la persona que lo lleva, nuevas formas de relacionarse con el mundo y con si mismo/a. Formas más auténticas, con las que, a pesar del miedo e inseguridad iniciales, poder sentirse más en consonancia.

El apoyo y soporte que brinda el grupo, genera una red donde cada integrante puede sentir acompañamiento, comprensión, escucha, respeto y apoyo en su experiencia. Cuando una persona se siente acompañada puede realizar un camino con más luz, la que le brindan los/as que van a su lado.

Dentro del grupo, en grupo, es donde afloran los miedos, la vergüenza, los bloqueos. Es el lugar donde todos nuestros mecanismos de defensa, seducción, manipulación, etc. se ponen en juego. Ahí los jugamos y ahí, en ese espacio, con esas personas, podemos llegar a verlos con más nitidez para poder llegar a hacer algo distinto a lo que venimos haciendo.

Hablamos de lo que pasa, en primera persona. Hablo de lo que me pasa contigo, de lo que me pasa con vosotros/as, con el mundo. Siento lo que me provoca un comentario, el miedo que me da expresarme, la vergüenza que paso cuando me miran, cuando participo; el bloqueo que siento cuando alguien me pregunta, cuando veo que me toca hablar, cuando siento algo nuevo y desconocido en mí.

En grupo tenemos la oportunidad de trabajar con elementos vivos, no hablamos sobre el miedo que nos da hablar en público, por ejemplo, sino que sentimos el miedo cuando esa situación concreta se está dando y hablamos desde él; con el miedo a nuestro lado o encima de nosotros/as, o detrás -cual sombra oscura y pesada que se hace más grande cuanto más intentamos escondernos-.

Y todo esto, lo hace posible el trabajo grupal. Sin perjuicio de la terapia individual, sino como complemento a ésta. Porque lo que se da en un grupo no se da en terapia individual, no puede darse.

La riqueza de la terapia en grupo no solo la aporta el/la terapeuta o terapeutas que lleven dicho grupo, sino que todos y todas sus integrantes consiguen crear el espacio, el ambiente, el clima idóneo, para que sucedan cosas. Para que nos asustemos, lo atravesemos y nos atrevamos, para que nos dejemos caer en la red que se va formando y nos sintamos acogidos, para que podamos experimentar cambios y nuevas formas de hacer.

Otra de las riquezas del grupo, es que favorece el sentido de pertenencia. Este aspecto es muy importante ya que la experiencia de pertenecer, sentirse parte de un todo más allá de la propia individualidad, pone en marcha sentimientos de confianza, adecuación, compromiso y cercanía. Genera fuerza e impulso y aleja la sensación de soledad. Estás unido/a a unos/as otros/as con los/as que compartes ideas, sentimientos, objetivos, etc.

Aquí es donde cobra fuerza «el todo es más que la suma de sus partes» y aquí es donde se genera el Poder Terapéutico del Grupo.

Si te interesa el trabajo en grupo..

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PIENSA MAL Y ACERTARÁS

PIENSA MAL Y ACERTARÁS

Como ya vimos en un post anterior, “Pinceladas de Personalidad”, para que los rasgos de personalidad adquieran el carácter de convertirse en Trastorno de la Personalidad, deben estar presentes desde el inicio de la edad adulta, en algunos casos desde la adolescencia, deben ser persistentes, inflexibles (utilizar los mismos recursos para situaciones o circunstancias distintas), desadaptativos (no tener coherencia con la situación) y causar una perturbación significativa en el modo de funcionar y manejarse, además de sufrimiento personal y problemas laborales y/o sociales.

En este nuevo post veremos unas pinceladas sobre uno de estos trastornos, el Trastorno de personalidad Paranoide, donde de alguna forma,  se ha roto la capacidad básica para confiar en los demás.

Las personas que sufren este trastorno son recelosas, suspicaces, exploran de forma activa el entorno e inspeccionan las interacciones en busca de señales de peligro.  Son cínicas,  creen que la naturaleza humana es egoísta y que el universo es injusto. Son personas celosas y cautelosas. Tienden a hacer comparaciones sociales donde se ven como víctimas de la injusticia y justifican sus transgresiones aludiendo a una necesidad defensiva o la justa venganza por los perjuicios que han recibido de los demás. Con poco sentido del humor, son muy susceptibles a la crítica y la ofensa.

Pueden llegar a cuestionar la integridad de todo lo que se les dice, temen que los demás puedan  aprovecharse de ellos y así lo expresan. Esta desconfianza domina sus vidas y se protegen de ella levantando un muro a su alrededor que acaba aislándolos del mundo.

Desde la perspectiva de los demás, son personas que siempre están en guardia, hostiles, severas, rígidas, evaluadoras en términos de blanco o negro, reticentes a tener en cuenta las evidencias objetivas y a extraer conclusiones racionales. Llegan a malinterpretan la realidad social consensuada, atribuyendo muchas veces motivos ocultos a los demás. Se pueden mantener solos contra el mundo,  envueltos en una indignación que acaba incrementando aún más su ira.

Buscan información que confirme sus sospechas con el fin de protegerse de ataques encubiertos. Pueden utilizar incluso el hecho más fortuito para llegar a conclusiones tajantes. Al crear una realidad que confirma sus miedos, su ansiedad aumenta, con lo que los círculos viciosos son cada vez más intensos y conducen a un mayor retraimiento –unos muros cada vez más altos y sólidos-; asimismo, se incrementa el grado de vigilancia y, como consecuencia de todo ello, detectarán nuevos indicios de intrigas que, a su vez, servirán para perpetuar este círculo.

Lo que diferencia a la personalidad paranoide, no es la percepción del curso objetivo de los acontecimientos, sino su interpretación. Al concentrarse en los detalles nimios, pierden la capacidad de realizar evaluaciones globales.

La agresividad e irritabilidad también son rasgos de esta personalidad paranoide, algunos autores han reflexionado sobre la base temperamental de este trastorno, ya que son personas que rara vez se relajan. Están siempre en un estado de alerta defensiva, con el sistema nervioso simpático sobre activado, movilizado para luchar o huir. Por tanto, parece razonable pensar que a la base se encuentre alguna fuente de energía de tipo bio-químico.

Muchos se sentirán identificados con algunos de los rasgos paranoides y es lógico, el pensamiento paranoide es saludable cuando se adecua a las exigencias realistas del entorno de la persona. Puede considerarse como una estrategia de defensa, sin la cual seríamos muy vulnerables a los acontecimientos potencialmente perjudiciales o peligrosos.

La desconfianza, si no se lleva al extremo, es muy valiosa para la supervivencia. De hecho, hay un periodo de desconfianza que constituye una parte fundamental en el desarrollo humano. Los niños pequeños pasan por una fase de miedo a los extraños genéticamente programada, en la cual se experimenta ansiedad cuando se encuentran frete a gente desconocida y buscan la seguridad de las caras familiares. Este miedo a los extraños servía para mantener a los niños cerca de sus cuidadores, alejados de aquellos que les pudieran hacer daño, cuando aun no comprendían o no se les podía explicar lo que debían o no hacer. En general, la evolución favorecía más a quienes podían reconocer con más facilidad el peligro que a aquellos que no.

La confianza extrema también puede resultar problemática, las personas crédulas o ingenuas, que pueden pasan por alto detalles o alertas que avisan sobre amenazas sociales,  económicas o físicas, donde se requiere vigilar un poco para evitar que te engañen, manipulen, etc.

Por tanto, los mecanismos paranoides son una parte natural de nuestra matriz psicoevolutiva y forman parte de nuestro instinto más básico, la supervivencia. Ahora bien, cuando se incrementa más allá de lo socialmente adaptativo, es decir, cuando la relación con el entorno se hace difícil de manera que se sufre o hace sufrir a los demás, y los detectores de peligro están demasiado activos, podemos estar ante un Trastorno de personalidad Paranoide.

 Texto desarrollado a partir del libro “Trastornos de la personalidad en la vida moderna”, de Theodore Millon.

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